Seleccionar página

Se dice pronto

Solo fogonazos llegan a mi cabeza.

Recuerdo un pájaro, Suki, una ninfa papillera macho que crié durante cinco años, y ese gran momento de felicidad cuando estando apoyado en mi pecho lo volvía a abrazar entre mis manos. Estábamos demasiado a gusto, atrapados en el sillón burdeos del salón de mi casa. Él había desaparecido hace año y medio, estando exactamente en el mismo lugar y en la misma posición. Echó a volar de repente cuando notó la corriente que mi madre, sin querer, provocó al abrir la puerta del patio. Año y medio… se dice pronto.

Volviendo a la historia, pero con un salto espacial, ahí estaba yo, en la casa de mis abuelos maternos. Mi hermana, mi padre, mi madre y dos de sus hermanos, Marivi y Jesús, me esperaban. Sabía que Suki había vuelto a casa, pero no sabía cómo ni cuándo, y comencé a preguntárselo a mis familiares. También recuerdo que siempre pasaba algo justo antes de que alguno me respondiera, concretamente quedó grabada en mi memoria la mirada fija de mi tío Jesús, y no sabría decir si ese brillo en los ojos era de emoción o de tristeza, pero tampoco obtuve respuesta.

La tensión crecía, y de pronto, una preocupación invadió mi cuerpo. Comencé a correr por todas las habitaciones, revisando una por una las ventanas de la casa para asegurarme de que no hubiera ninguna por la que Suki pudiera volver a desaparecer.

Efectivamente, tanto la jaula como las ventanas estaban abiertas, pero respiré tranquila al verlo dentro, dormido, cual bolita de plumas. Cerré con cuidado. A mi alrededor estaban los muebles del salón de mis abuelos según estaban cuando yo era pequeña, muy, muy pequeña, en lugar de cómo estaban la última vez que los vi hace ocho años. Ocho años… se dice pronto.

Parece que fue ayer, pero fue anoche, en aquel escenario nocturno, oscuro, tétrico. La cancela estaba abierta, y las ventanas de fuera dejaban ver la luna en toda su perfección. Por alguna razón, la atmósfera se respiraba distinta, quizá por los caracoles que llenaban la estancia, pero no parecía importarme en absoluto, solo Suki. Cerré ambos ventanales y me fui.

Mi laberinto

Una noche intermitente, desvelos constantes. Recuerdo llegar a los pueblos costeros del noroeste francés en medio de un ambiente oscuro y ligeramente tormentoso. El coche se detuvo frente a una casa antigua, que incluso me atrevería a llamar palacio, por la ostentosa arquitectura que respiraba cada uno de sus ladrillos. Su tamaño era descomunal, y llamaba la atención el interior laberíntico repleto de pasillos tenebrosos y complicadas escaleras. Iba un poco asustada mientras los recorría junto a un grupo pequeño de personas, pero él estaba a mi lado. Con él, mi miedo disminuía.

Sin saber muy bien cómo, entramos en uno de los habitáculos, pero ya no sentía su presencia. Desapareció de mi lado, qué novedad. La oscuridad llenaba la estancia, solo algunas velas iluminaban las siluetas de las personas que parecían vagar como fantasmas. Encontré a algunos compañeros de mi antiguo trabajo. No los de mi círculo cercano, sino un grupo de gente al que apenas conozco y con los que tengo muy poco contacto. Ni me saludan, ni lo hicieron en ese momento.

Entre la gente y las antigüedades se apilaba un sinfín de juegos de mesa. No sé qué harían allí, pero me dio alegría descubrirlos y decidí sacarles partido. Me armé de valor y empecé a animar a la gente para echar unas partidas. Ellos asintieron encantados, pero no recuerdo llegar a jugarlas.

Lo que sí recuerdo es que ya no había miedo ni desconocidos. Parece que jugando se entiende la gente, pero ¿qué es la vida sino un juego?